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Código de referencia
Título
Fecha(s)
- 1601-01-01 - 1700-12-31 (Creación)
Nivel de descripción
Volumen y soporte
- Unidad Lógica: 1 Expediente(s)
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Nombre del productor
Historia biográfica
La construcción del Monasterio de Santa María de El Paular obedece a una manda testamentaria de Enrique II, primero de los monarcas de la Casa de Trastámara.
En su cumplimiento, su hijo Juan I procede a la donación a los monjes cartujos de las tierras, términos y jurisdicciones que le pertenecían en el valle del Lozoya, entre los que estaban unos pabellones reales de caza (palacios de Pobolar) situados junto a una pequeña ermita (Santa María de Pobolar). El 29 de agosto de 1390 se coloca la primera piedra, bajo planos de Rodrigo Alfonso, maestro mayor de la catedral de Toledo.
Se trataba del sexto monasterio regentado por la Orden de los Cartujos en tierras españolas, y que con el tiempo llego a convertirse en la primera cartuja de la Corona de Castilla
Durante los reinados de Enrique III y Juan II se edifica el claustro de Padres, la primera iglesia monacal, el refectorio, el claustro de Legos, el palacio de los reyes o Palacio de los Trastámara, así como la sillería del coro alto en madera de nogal.
Se continúa con los Reyes Católicos con la construcción del claustro principal de monjes [claustro actual], y la elevación en altura de la iglesia mediante la sustitución del artesonado por bóvedas de crucería, obra en la que participa Juan Guas, arquitecto real y figura de primer orden del gótico isabelino.
A principios del S.XVI se produce la intervención de Rodrigo Gil de Hontañón, miembro de una saga de maestros de cantería naturales de Rascafría, quien diseña la portada de acceso al cenobio.
Ya en el S.XVII se construye la Capilla del Sagrario, obra de planta octogonal situada detrás de la cabecera de la iglesia, considerada uno de las obras más representativas del barroco español, en la que intervienen el maestro Pedraxas y el pintor Antonio de Lanchares.
En 1626 los monjes encargan a Vicente Carducho el conjunto pictórico conocido como “Serie cartujana”, formado por 56 cuadros de gran formato que decoran con escenas que narran la vida de San Bruno, fundador de la Orden de los Cartujos, cada uno de los huecos del claustro principal.
De forma paralela a la riqueza de su fábrica, La Cartuja de El Paular acumula durante los S.XV al XIX numerosas propiedades situadas en el valle del Lozoya y en zonas más alejadas, entre las que se encuentran dos granjas situadas en los municipios de Talamanca del Jarama y Getafe, todas ellas fruto de donaciones y privilegios concedidos por los monarcas o de legados y donaciones efectuadas por particulares.
Además era propietaria de una extensa cabaña real compuesta por 86.000 ovejas merinas y de un molino de papel en el que se fabricó el papel de la primera impresión del Quijote.
El primer tercio del XIX marca el inicio de la decadencia del monasterio: sufre serios daños materiales durante la Guerra de la Independencia y en 1809 José Bonaparte decreta la exclaustración de la Orden, por lo que se produce el abandono de buena parte de los frailes. El regreso de la política absolutista de Fernando VII termina con estas medidas.
De nuevo en 1820 la escasa comunidad de frailes se ve obligada a abandonar el monasterio, al aplicarse la Ley sobre monasterios y conventos de 25 de octubre, saliendo a subasta buena parte de sus propiedades. Se realizan posturas, tasaciones y remates por particulares entre los que se encontraban Luis Martínez de Arce, Esteban Padura Aramburu e Isidro Sainz de Rozas.
En 1823 Fernando VII anula las disposiciones anteriores y restituye los bienes a los cartujos, si bien queda pendiente la devolución del dinero pagado por las propiedades a los compradores. Este hecho provoca que en la siguiente fase desamortizadora, estos compradores recuperasen directamente dichos bienes, destacando el caso de Isidro Sainz de Rozas, que se hace con la propiedad de la mayor parte de los prados que rodeaban el extinguido monasterio del Paular.
El proceso desamortizador de Mendizábal establecido por Real Decreto de 25 de julio de 1835 pone fin a la vida religiosa del Centro, saca a la venta los bienes inmuebles y determina la salida hacia otras instituciones culturales de los bienes muebles.
De esta forma el archivo del Monasterio (6 pergaminos de los S.XIV y XV y 116 legajos) se traslada en bloque al Archivo Histórico Nacional; la biblioteca, muy diezmada por el ataque de las tropas francesas, se traslada a la Biblioteca Nacional, y la colección de cuadros de Vicente Carducho pasan la Museo Nacional instalado en el Convento de Trinitarios de Atocha.
Por otra parte, la gran extensión de las propiedades del Monasterio del Paular provoca una parcelación previa a su venta, con intención de sacar lotes y hacer más atractiva la oferta a los posibles compradores.
En 1843 se pública un anuncio de subasta del recinto monacal, siendo adquirido en 1844 por Isidro Sainz de Rozas, con la condición contractual de preservar los bienes que todavía permanecían en el Monasterio.
Esta cláusula de la escritura de compra-venta se convierte en la pesadilla de los herederos del comprador, que pasados unos años, proponen al Estado el establecimiento de un presupuesto especial para la conservación del patrimonio artístico del Paular, o la reversión al Estado de los citados bienes.
En 1870 Ramón Sánchez Merino, en calidad de propietario del inmueble, solicita la intervención, lo que da lugar a la formación de una Comisión de expertos pertenecientes a la Academia de Bellas Artes de San Fernando que se encargaron de la tasación de las obras artísticas y de elevar una propuesta de deslinde entre la parte monumental de la antigua Cartuja, que debía recuperar el Estado, y la parte que podría permanecer en manos privadas para su explotación particular.
Finalmente, por escritura de 13 de julio de 1876, el Estado compra a Ramón Sánchez Merino la parte monumental del recinto (iglesia, refectorio y claustro), quedando el resto como propiedad particular.
En 1876, a petición de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, se declara la citada parte del monasterio como monumento histórico-artístico nacional, colocando al frente de su conservación a Faustino Alonso, sobrino del último monje cartujo del Monasterio.
En 1883 se dispone el traslado, en calidad de depósito, a la iglesia de San Francisco El Grande de los 3 conjuntos de sillerías que se encuentran en el Monasterio.
Surgen entonces voces intelectuales en defensa del expolio que estaba sufriendo la Cartuja, al tiempo que se diversifican los usos del recinto: la Institución Libre de Enseñanza lo emplea desde principios de siglo como escenario de excursiones de sus estudiantes; la Academia de Bellas Artes instala entre 1917 y 1953 el “Pensionado de Pintores”; se convierte en lugar de veraneo de intelectuales y burgueses como los Menéndez Pidal, los Ibáñez Marín, los Troyano de los Ríos, etc.; se utiliza el antiguo edificio de noviciado como residencia de minusválidos.
Finalmente, el 18 de julio de 1936 se decreta la expropiación forzosa de la parte del edificio que permanecía en manos particulares, si bien, el inicio de la Guerra Civil ese mismo día paraliza la ejecución del proyecto, que se reinicia al final de la contienda.
El 20 de octubre de 1943, el Estado recupera por nueva adquisición la propiedad del “resto de los edificios y huertas que integran el conjunto, cuya disposición y conservación se considera fundamental para poder mantener el carácter del monumento en si mismo y en relación con el paraje en que está emplazado”.
Se baraja la posibilidad de establecer una Universidad de verano, sin embargo, y por decisión personal de Francisco Franco, se recupera la vida religiosa del recinto. Se ofrece de nuevo a la orden de los cartujos, quienes rechazan el proyecto, y finalmente se firma en 1954 un convenio con la orden benedictina, por la cual se cede el Monasterio a esta Orden, en usufructo y por un plazo de 30 años prorrogables, para la constitución de una Abadía.
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Historia archivística
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2021-10-13